El ataúd era tan pequeño que una mujer podía sostenerlo entre los brazos. Lo que pesaba no era la madera, sino todo lo que la pobreza había obligado a hacer para conseguirlo.
En marzo de 1966, una niña de dos años murió atropellada por un vehículo en Ciudad de México. Después de la autopsia, su madre acudió a retirar el cuerpo, pero antes debía presentar un féretro. No tenía dinero para comprarlo.
Salió de la morgue y pidió ayuda. Su llanto atrajo a varias personas, que reunieron pequeñas cantidades hasta completar el costo de un ataúd blanco. El fabricante también redujo el precio. Aquella colecta permitió que la niña pudiera ser entregada a su madre.
El dinero, sin embargo, se había agotado.
Sin recursos para pagar un vehículo, la mujer emprendió a pie el camino de regreso. Llevaba el féretro apoyado contra el pecho mientras atravesaba calles llenas de peatones, comercios y automóviles. El recorrido se prolongó durante varios kilómetros.
Enrique Metinides la acompañó durante parte del trayecto.
Para entonces ya era uno de los fotógrafos más experimentados de la nota roja mexicana. Había recorrido durante años accidentes, incendios, derrumbes y escenas criminales junto a los servicios de emergencia. Aunque sus periódicos buscaban imágenes impactantes, él con frecuencia apartaba la cámara del cadáver y observaba a quienes permanecían alrededor: familiares, rescatistas, curiosos y personas sorprendidas por una tragedia ajena.
Con aquella madre realizó una secuencia de fotografías en blanco y negro. La imagen más conocida la muestra de espaldas, sosteniendo el ataúd mientras la ciudad continúa a su alrededor. No fue una escena preparada. Era la continuación de una muerte que ya había ocurrido y de una despedida que todavía no podía comenzar.
Los nombres de la mujer y de la niña no quedaron asociados públicamente a la fotografía. El archivo conservó la fecha, la edad de la pequeña y las circunstancias generales, pero no las identidades de quienes cargaron con la historia.
Metinides había fotografiado numerosos cuerpos. Aquella vez documentó algo menos visible: la distancia que puede existir entre perder a una hija y disponer de los medios necesarios para enterrarla.
Un grupo de desconocidos consiguió pagar el pequeño ataúd. Después, la madre tuvo que cargarlo a través de la ciudad.
