sábado, 25 de abril de 2026

De los ambulatorios a los centros de salud y, tras 40 años, vuelta a los mismos ambulatorios (y se sabía, es un caso de “malicia sanitaria”)

Juan Gérvas (Doctor en Medicina, médico general rural jubilado, Equipo CESCA, Madrid, España, exprofesor de salud pública, Universidad Johns Hopkins, Baltimore, Estados Unidos) y

Mercedes Pérez-Fernández (especialista en Medicina Interna y médica rural jubilada) Equipo CESCA, Madrid, España.

jjgervas@gmail.com mpf1945@gmail.com www.equipocesca.org @JuanGrvas @juangrvas.bsky.social

 

La reforma de los ambulatorios y consultorios franquistas se inició en 1984, y en 1986 se aprobó una más amplia Ley General de Sanidad.

Se realizó una reforma “pro-contenido”, de implantación sin experimentación del modelo “único” de centro de salud para todas las Españas.

Hubo mucho entusiasmo, pero poco (o ningún) conocimiento de organización de servicios.

Fue un caso de “malicia sanitaria”, de hacerlo mal por orgullo e ideología sin ciencia, de ignorar todo lo que conocía en el mundo, de despreciar críticas y sugerencias, de negarse a aprender del mundo al que pertenecíamos (por ejemplo, de Alemania, Australia, Austria, Bélgica, Canadá, Dinamarca, Francia, Irlanda, Italia, Japón, Noruega, Países Bajos, Reino Unido y Suiza).

Se implantó la reforma a sangre y fuego, ignorando toda crítica por más constructiva que fuera.

Fue una reforma “pro-contenido”, una mejora de estructuras y personal, no una reforma “pro-coordinación” que hubiera dado el poder al médico de cabecera para organizar la atención total precisa, para que los especialistas focales fueran consultores, para que el sistema, también hospitalario, girara alrededor de los pacientes (y no al revés, como sucedió y sucede).

En los centros de salud los pacientes giran en torno a los profesionales como demuestran la rigidez de sus citas y programas, el rechazo a los avisos a domicilio, los problemas de acceso, la rotación del personal, la desvinculación con pacientes/barrios/pueblos y el rechazo a los turnos de tarde.

La opción final y única de 1984, modelo de los centros de salud, fue franquista en realidad, a favor de una organización burocrática, jerarquizada, militarizada y presta a la corrupción. Y en corrupción han acabado, con profesionales que llegan tarde, “reciben” a los representantes, toman café, mucho café, y se van pronto.

Se comparaban, ¡y todavía comparan!, los nuevos centros de salud con los ambulatorios y consultorios del franquismo, tras 40 años de su existencia (desde la Ley de Bases de Sanidad Nacional de 1944) y de abandono por dicha dictadura.

Pero tras 40 años de reforma psocialista, los centros de salud se han transformado en casi peor que dichos ambulatorios y consultorios.

Peor, pues las listas de espera son lo común en los centros de salud, es habitual las dos semanas para ver al médico de cabecera, y no es atención primaria aquella en que se precisan más de 24 horas para ver al propio médico de cabecera.

Peor, pues hay una constante rotación de personal y los pacientes acaban no sabiendo quién es su médico.

Peor, pues son constantes las bajas y ausencias de profesionales, sin que se cubran dichas bajas y ausencias.

Peor, pues se cumplen protocolos y guías “sin conciencia”, sólo para cumplir con los indicadores y conseguir los incentivos, lo mismo en vacunas que en citologías, o en programas sin ningún fundamento, como de la menopausia y del niño sano.

Peor, porque los edificios giran en torno a inmensas salas de espera y son simples consultorios con ínfulas de “generar” salud.

Peor, pues la actividad se centra en programas, campañas y protocolos de promoción y prevención sin fundamento, dañinos, de forma que al final los pacientes molestan (“qué bien estaríamos sin enfermos, el centro funcionaría la perfección” hemos llegado a oír).

Peor, por las miles de horas empleadas en inútiles diagnósticos de salud, “mapeos” y actividades “comunitarias” en que se pretende adoctrinar sin escuchar.

Peor, porque la especialidad en Medicina General se llama Medicina de Familia y no tiene nada ni de familia ni de general ya que los residentes se pasan cuatro años básicamente en el hospital haciendo guardias en urgencias (dedican más horas a dichas guardias que a estar en el barrio-pueblo en que se forman) de forma que no aprenden lo básico: el control de la incertidumbre, el control del tiempo y el valor de la longitudinalidad.

Peor, pues en plena Era de la Medicina Basada en Pruebas persisten prácticas insanas como demuestra el perfil de uso de medicamentos, un escándalo mundial por las resistencias provocadas por el abuso de antibióticos.

Peor, pues persiste una mística de “equipos” pero lo que hay son macrocentros con microespecialistas que prestan una atención fragmentada.

Peor, pues cada vez los pediatras invaden más campo y el ideal “desde la cuna a la muerte” se destruye también por los “equipos de paliativos” que copan la atención al morir en casa.

Peor, pues hasta el hospital invade la atención primaria (que no funciona) con sus “programas de hospitalización a domicilio”.

Peor, pues se desprecia la longitudinalidad (la relación en el tiempo con un médico de cabecera propiamente dicho) pese a que dicha longitudinalidad se asocia a menor mortalidad, mejor calidad de vida y menor coste.

Peor, por el descrédito absoluto de esta atención primaria que rechazan quienes pueden como los dos millones de funcionarios y sus familiares (MUFACE y Cía) y los trece millones de quienes pueden pagarse un seguro privado.

Peor, pues la atención primaria se relega a los pobres (una pobre atención primaria).

Peor, pues se continua con una suficiencia que carece de fundamento y bien se expresa en el artículo que sigue, publicado en “El País”, donde todas las opiniones que se recogen son de parte interesada, de comprometidos con el error y el daño provocado por los centros de salud.

Por supuesto, hay centros de salud que escapan de la miseria moral pero son excepción y no se utilizan de ejemplo y estímulo (para “benchmarking”). Por ejemplo, San Pablo en Zaragoza, Cudillero en Asturias, Besós, La Mina y El Raval en Barcelona, Daroca en Madrid, Camarenilla y Arcicollar en Toledo y Almanjáyar y Cartuja en Granada.

Llevamos proponiendo desde hace 40 años reformas en línea con lo que debería ser una atención primaria fuerte, a la europea y renacentista, generalista, con profesionales independientes y trabajo por cuenta propia que girasen en torno a pacientes y comunidades. Pero ello va contra el afán franquista de control y desconfianza que impregnó e impregna la reforma y los centros de salud psocialistas, lo que se defiende, por ejemplo, en el texto que sigue de “El País”.

 

NOTA

Para saber más

“La destructiva pulsión focal de la medicina general/de familia (y de la sociedad)”

https://saludineroap.blogspot.com/2026/02/la-destructiva-pulsion-focal-de-la.html

“¿Qué queremos? ¡Más salud! ¿Cómo la conseguiremos? Mejorando la sociedad y la sanidad (con menos hospitales, menos médicos, menos gestores-políticos y menos prevención)”

https://saludineroap.blogspot.com/2026/04/que-queremos-mas-salud-como-la.html

“Reforma de la atención primaria a la europea y renacentista. De nadar en una piscina a nadar en alta mar”. Madrid, Mercurio, 2023

https://www.nogracias.org/2023/06/10/reforma-de-la-atencion-primaria-a-la-europea-y-renacentista-de-nadar-en-una-piscina-a-nadar-en-alta-mar-por-mercedes-perez-fernandez-y-juan-gervas/

“Análisis crítico y personal de la reforma psocialista de la atención primaria en España”. Cuadernos Gestión. 1996; 2: 173-6

http://equipocesca.org/analisis-critico-y-personal-de-la-reforma-psocialista-de-la-atencion-primaria-en-espana/

“El fracaso de la reforma sanitaria”. El País, 30 noviembre, 1993.

https://equipocesca.org/el-fracaso-de-la-reforma-sanitaria/

“La reforma de la atención primaria en España, una propuesta pragmática”. Gac Sanit. 1989; 3: 476-81.

http://equipocesca.org/wp-content/uploads/2014/04/La-reforma-de-la-Atenci%C3%B3n-Primaria-en-Espa%C3%B1a-Una-propuesta-pragm%C3%A1tica.pdf

 

Un poco de historia

En Estados Unidos, el cambio de Medicina General a Medicina de Familia no se hizo por voluntad propia, pues la primera propuesta de la American Academy of General Practice fue la de crear la especialidad de Medicina General. Pero los especialistas del Consejo de Educación de la Asociación Médica Estadounidense (AMA, American Medical Association) señalaron que nada que fuera “general” podía ser “especial, concreto, limitado”; es decir, que un médico generalista no podía aspirar a ser especialista.

Como expuso Gabriel Smilkstein, los médicos generales estadounidenses hicieron cirugía cosmética y cambiaron el “general” por “family” al escoger la familia como campo de trabajoxvi. O, al menos, como un paraguas, “una área compleja, concreta y delimitada en que desarrollar conocimientos y habilidades específicos”, y se transformaron en médicos de familia. Crearon la American Academy of Family Physician, y en 1969 lograron la aprobación de su especialidad, Medicina de Familia.

En otros países como Australia, Dinamarca, Nueva Zelanda, Noruega, Países Bajos y Reino Unido, se renovó la Medicina General y se mantuvo el médico general como tal.

En España, la atención primaria tuvo influencia estadounidense a través del Hospital Puerta de Hierro, Madrid, y de su director, José María Segovia de Arana (que creó la especialidad de Medicina de Familia en 1978, muy influido por la visión de “internista en atención primaria” y la residencia formativa básicamente en el hospital) y de ahí la solución “a la americana” respecto a la Medicina General.

La Medicina General propiamente dicha tiene en España una historia centenaria, con médicos “titulares”, profesionales independientes que tenían responsabilidades de salud pública (aguas, viviendas, bares, mataderos, etc.), contratos con las autoridades e “igualas” con los pacientes (pago por capitación por el influjo de los ya citados “cupos” de los gremios medievales). En el mismo sentido se desarrolló la enfermería, con los “practicantes”. Y la farmacia, con las farmacias comunitarias llevadas por “boticarios” profesionales autónomos. También la atención al parto, con matronas en trabajo independiente.

La atención primaria de la “Seguridad Social” se desarrolló en los años 60 y 70 del pasado siglo, mediante médicos generales y pediatras, que atendían niños hasta los 7 años (pero el médico general podía también ser de cabecera de menores de 7 años si la familia lo solicitaba). Eran profesionales independientes con trabajo a tiempo parcial en consultorios públicos, y cobro por capitación, con monopolio del primer contacto (filtro para los especialistas focales).

Tales consultorios también acogían a practicantes en condiciones similares a los médicos, y apoyo de enfermeras y personal administrativo.

La reforma de 1984 creó los centros de salud con médicos generales/de familia a tiempo completo, la desaparición de la figura del practicante y el trabajo en equipo con pediatras (atendiendo a niños hasta los 14 años), enfermeras, auxiliares, trabajadora social y personal administrativo.

En España los centros de salud son tipo soviéticos, con sus equipos orgánicos según plantillas, no elección entre los miembros de los equipos, el pago por salario, la estructura jerárquica y la presencia de pediatras. Todo ha sido siempre muy militar en España como corresponde a una sociedad impregnada de ello por casi 40 años de dictadura militar.

Ahora se han añadido profesionales en la periferia, como especialistas en terminales, en urgencias y en avisos a domicilio y otros y se reclama añadir farmacéuticos, psicólogos, fisioterapeutas, nutricionistas, ginecólogos, geriatras y más.

Cada Comunidad Autónoma es peculiar campo fértil en este “regar” la atención primaria de especialistas, los llamados “nuevos perfiles profesionales”. Por ejemplo en Cataluña, en enfermería en atención primaria, lleva a haber la enfermera de pediatría, la de adultos no complejos, la de cronicidad avanzada, la gestora de casos, la de atención a domicilio y la de pacientes terminales en casa.

Bajo el epígrafe de nuevos perfiles profesionales se engloba una amplia variedad de figuras con requisitos y funciones distintas: personal administrativo (gestores de salud, asistentes clínicos, administrativos asistenciales), de enfermería (gestoría de casos, enfermería de práctica avanzada en atención primaria), dietistas-nutricionistas, fisioterapeutas, farmacéuticos, agentes comunitarios de salud y profesionales de salud mental, entre otros”xvii.

Lo dicho, macrocentros con microespecialistas, la destrucción de la atención primaria fuerte que precisa la población.



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De los ambulatorios a los centros de salud: qué aportó y en qué falla la Ley General de Sanidad 40 años después
Pablo Linde/El País
En los años ochenta, las consultas de los médicos de familia en muchos barrios funcionaban “como una carnicería”, recuerda Vicente Baos, facultativo ya jubilado. “Uno llegaba, cogía un número y esperaba su turno”. Era un modelo en el que la sanidad pública estaba vinculada al empleo y quien no lo tenía se le atendía por una suerte de beneficencia. Todo cambió con la Ley General de Sanidad, que entró en vigor el 25 de abril de 1986, hace exactamente 40 años. 
Aquel país acababa de salir de la dictadura. Estaba rehaciendo sus instituciones y creando derechos y un Estado de bienestar. La norma impulsada por el socialista Ernest Lluch convirtió la asistencia sanitaria en un derecho vinculado a la ciudadanía, apostó por un sistema financiado con impuestos y situó la universalidad y la equidad como principios rectores.
“Fue uno de los grandes hitos sociales de la democracia”, resume Raquel Rodríguez Llanos, que entonces ya trabajaba como enfermera y hoy es vicepresidenta del Consejo General de Enfermería. “Pasamos de un modelo restrictivo a un sistema público, universal y centrado en las personas”.
La ley puso orden y dirección a una transformación que ya había empezado a abrirse paso. Antes de su aprobación, la reforma de la Atención Primaria ya estaba en marcha. España comenzó a levantar centros de salud donde antes había consultas dispersas y precarias, y desplegó una nueva generación de profesionales formados específicamente para ese modelo. “Había una sociedad que quería cambiar, un Gobierno que quería mejorar los servicios públicos y una generación de médicos jóvenes que veníamos con otra mentalidad”, recuerda Manuel García Encabo, uno de los arquitectos de aquella reforma.
Entre los años ochenta y noventa se levantaron centenares de centros de salud y en menos de una década la inmensa mayoría de la población estaba ya cubierta por el nuevo modelo. Llegaron también los hospitales comarcales, que evitaron a miles de personas desplazamientos engorrosos. La atención sanitaria se acercó a barrios y pueblos donde antes no existía. “La gente lo percibió enseguida. Hubo un momento de entusiasmo”, recuerda Baos, que terminó la residencia en 1987, en plena expansión del sistema.
Cuatro décadas después, pocos cuestionan los fundamentos de aquella ley. Incluso quienes hoy reclaman reformas profundas, siguen defendiendo sus principios esenciales. Rafael Bengoa, exconsejero vasco de Sanidad, considera que el gran acierto estratégico fue elegir un sistema universal financiado vía impuestos y no uno basado en seguros sociales, como otros países europeos. “Fue una decisión muy sabia. Si España hubiera ido por el otro camino, probablemente hoy tendría un sistema más caro y no necesariamente mejor”, afirma.
Tras décadas de éxito en cobertura y resultados, el sistema empezó a mostrar señales de agotamiento: envejecimiento de la población, cronicidad, dificultades para retener profesionales. El punto de inflexión fue la pandemia. A partir de ese momento, muchos indicadores empeoraron y no se han vuelto a recuperar: las listas de espera quirúrgicas acaban de batir un récord, la Atención Primaria sufre demoras incompatibles con su propio sentido y la percepción de la ciudadanía, aunque sigue siendo positiva, no para de empeorar.
“No podemos defender la sanidad pública como está ahora. Hay que defender sus principios, sí. Pero no unas estructuras rígidas que te están llevando al deterioro por inacción”, advierte Baos.
El diagnóstico se repite con distintas palabras. “No es un problema de falta de recursos”, sostiene García Encabo, “sino de organización y gestión”. Bengoa habla de un sistema “gripado lentamente” por la rigidez burocrática. José Ramón Repullo, jefe del Departamento de Planificación y Economía de la Salud de la Escuela Nacional de Sanidad, alerta de una gobernanza fragmentada y excesivamente politizada. Y Vicente Ortún, profesor emérito de Economía en la Universidad Pompeu Fabra, resume así el desafío: “Hay que mejorar la gobernanza, profesionalizar la gestión y alinear incentivos con resultados. No se trata de rehacer el modelo, sino de hacerlo funcionar mejor”.
“El sistema fue extraordinariamente eficaz para resolver problemas agudos, episodios concretos de enfermedad”, explica Bengoa. “Pero ahora necesitamos complementar ese modelo con otro pensado para pacientes crónicos, pluripatológicos y con necesidades sociales complejas”. Eso exige una integración mucho más estrecha entre atención primaria, hospitales y servicios sociales, algo que España sigue sin resolver. “Sabemos hacia dónde hay que ir, pero las barreras de gestión actuales lo impiden”, añade.
Es uno de los consensos entre los expertos consultados: el principal cuello de botella no es tanto presupuestario como de gestión. En la última década, el gasto sanitario ha aumentado más de un 80% y, desde 2019 se han incorporado al sistema público más de 45.000 médicos y enfermeras. Sin embargo, esto no se está traduciendo en mejores resultados.
A juicio de Repullo, el debate público se ha simplificado hasta extremos engañosos: faltan médicos, faltan enfermeras, falta dinero. “Todo eso puede ser en parte cierto, pero no explica por sí solo el atasco actual”, señala.
Baos lo describe desde la experiencia de 30 años en una consulta de Atención Primaria en la sierra de Madrid: plantillas inestables, sustituciones que no se cubren, administrativos sin formación específica, enfermeras infrautilizadas, médicos desbordados por tareas burocráticas. “Todo acaba en el médico”, resume.
También denuncia que el modelo laboral se ha vuelto disfuncional. Las oposiciones masivas, pensadas para garantizar igualdad y transparencia, dificultan la estabilidad real de los equipos. “Formas a gente durante años y de repente una OPE [oferta pública de empleo] te desmonta medio servicio”, resume Bengoa sobre una de las quejas más repetidas entre gestores hospitalarios.
Repullo plantea sistemas mucho más ágiles de contratación y selección para evitar interinidades eternas y rotaciones permanentes. Baos va incluso más lejos y defiende un modelo laboral más flexible, con mayor autonomía para los centros y más capacidad para premiar o penalizar el desempeño. Este médico resume el problema con una frase lapidaria: “La derecha quiere solucionarlo; la izquierda no sabe”.
El otro gran cuello de botella está en la Atención Primaria, el gran orgullo histórico del sistema y hoy también su principal foco de desgaste. García Encabo sostiene que España hizo muy bien la reforma estructural —construyó centros de salud y extendió la cobertura—, pero descuidó dos elementos esenciales: la accesibilidad razonable y la longitudinalidad; es decir, que el paciente mantenga una relación estable con el mismo profesional durante años. 
El espejo británico aparece varias veces en las conversaciones. Bengoa recuerda cómo algunos hospitales reorganizaron quirófanos y consultas para reducir listas de espera sin necesidad de grandes reformas legales. Baos cita el modelo Pharmacy First del Reino Unido, donde las farmacias resuelven problemas menores sin pasar por el médico. Ninguno plantea copiar modelos extranjeros de forma mecánica, pero sí incorporar una cultura mucho más pragmática de innovación organizativa. 

Mayor flexibilidad

Una crítica recurrente es la excesiva centralización de las decisiones. “La innovación no va a venir del ministerio ni de las consejerías, sino de abajo arriba”, insiste Bengoa. Durante la pandemia, recuerda, cuando los protocolos resultaban insuficientes, muchos hospitales reorganizaron camas, respiradores, profesionales y circuitos asistenciales en cuestión de horas. 
Sin embargo, ese margen para experimentar prácticamente ha desaparecido. Directivos y jefes de servicio tienen poca autonomía real para reorganizar equipos, introducir cambios o retener talento. Y cuando el sistema público no ofrece flexibilidad, emerge una solución aparentemente sencilla: derivar actividad al sector privado.
Ahí aparece una de las mayores fracturas políticas del debate sanitario. Repullo advierte de que la discusión se ha simplificado entre quienes demonizan cualquier colaboración público-privada y quienes presentan la externalización como solución mágica. Bengoa cree que algunas comunidades han impulsado privatizaciones “mal diseñadas”. Y Raquel Rodríguez Llanos alerta directamente de que algunos principios básicos del sistema pueden erosionarse.
Nadie plantea derogar la ley. De hecho, casi todos desaconsejan abrir ahora una gran batalla legislativa. Repullo define la norma como “un gran perchero” sobre el que se han ido colgando desarrollos sucesivos. Prefiere reformas más quirúrgicas: estatuto marco, gobernanza, evaluación tecnológica, coordinación territorial.
Entre sus propuestas figura incluso crear una agencia independiente del Sistema Nacional de Salud, al estilo de la AIReF (la autoridad independiente de responsabilidad fiscal),con capacidad técnica para coordinar a comunidades autónomas y Estado, reducir ruido político y generar soluciones compartidas.
Cuarenta años después, la cuestión se parece a la de 1986: cómo adaptar la sanidad a la España real. Entonces, el reto era universalizar derechos. Ahora es preservarlos en una sociedad más envejecida, más exigente, más desigual en algunos ámbitos y atravesada por cambios tecnológicos, climáticos y demográficos que nadie imaginó entonces.

¿También al comprar vivienda hay extranjeros de primera y de segunda?

No siempre tenemos datos claros de cuantas viviendas se compran al año en España. Los notarios no siempre afirman tener daros claros. Se habla de unas 700.000 al año. Se dice que en algunas regiones como Canarias casi un tercio las compran extranjeros. 

Aquí ofrecemos un estudio referido al muy diferente precio que pagan los extranjeros

https://www.idealista.com/news/inmobiliario/vivienda/2026/04/09/892180-los-marroquies-ya-compran-casi-tantas-casas-en-espana-como-los-britanicos-y-los



viernes, 17 de abril de 2026

Allende de las montañas…un cuento para toda edad (más cierto que inventado)


Damas y caballeros, infancia y adolescencia, con su permiso iniciamos esta sesión que esperamos sea para su diversión.

Somos una compañía de titiriteros y, como se pueden imaginar, siempre en apuros. Vaya, con hambre. Contamos en esta ocasión con Mercedes, mi esposa, nuestro segundo hijo, Ricardo, y yo mismo, Juan.

Somos de allende de las montañas, de Buitrago de Lozoya (Madrid).

Esta mañana hemos recibido un inesperado mensaje de Ana Bueno pidiendo que nos sumemos a la celebración de sus 80 años, una invitación para comer en Sepúlveda (Segovia), a las 14,15 h, en El Figón de Ismael.

Como estábamos sin trabajo hemos pensado que era un buena oferta y hemos llegado con puntualidad.

Y aquí estamos, tras una opípara comida: entrantes, ensalada, judiones, cordero lechal y cochinillo, melón, ponche segoviano y bola de helado de chocolate.

Hemos acompañado encantados a Ana, quien no hace honor a su apellido pues es Bueno y debería ser Buenísima ya que es la más bella persona del mundo.

Echamos de menos a su marido, Pepe Gil, que nos dejó ya hace casi siete años.

Celebramos haber contando con la presencia de sus nueve hijos (y acompañantes respectivos, algunos “en pecado”) y sus ocho nietos. También de su hermana mayor, Juanita.

Gracias al resto de los presentes que han aceptado interrumpir su buen yantar para escucharnos, no siendo familia ni teniendo más relación que la coincidencia en tiempo y lugar. Esperamos que también disfruten de la función.

[En la sala estaba la larga mesa de la celebración de Ana, y otras mesas más pequeñas con unas veinticinco personas disfrutando de la comida de mediodía en el mesón]

 

A sus nietos queremos celebrar.

Por favor, que se levanten.

Por la premura hemos preparado unos regalos “según arte”, lo que había en casa, tres latas de caramelos de “La Pajarita” de Madrid y a elegir alguno de los cencerros, cascabeles, esquilas y campanos que hemos ido coleccionando a lo largo de toda la vida y en todo el mundo, desde Japón a la India, desde Namibia a Bolivia, desde los Andes a la meseta castellana, desde Canadá a Jordania.

Por favor, Ricardo, muestra la ristra.

[La enseña y hace sonar, agitándola]

Gracias.

 

Para poner un orden pediremos que los nietos respondan a una pregunta, una frase o situación de una narración infantil que han de identificar. Quien vaya acertando sale del grupo.

Por ejemplo, “¡Qué boca tan grande tienes!” que corresponde a…

Caperucita.

Ya en el juego propiamente dicho:

“¡Ábrete, Sésamo! [Alí Babá y los 40 ladrones]

“Lo esencial es invisible” [El Principito]

“No te dejes engañar por las apariencias” [La Bella y la Bestia]

“Las palabras significan lo que yo quiero que signifiquen” [Alicia en el País de las Maravillas]

“¡Hi-ho, hi-ho, hi-ho, hi-ho! ¡Hi-ho, marchemos a trabajar!” [Blancanieves y los 7 enanitos]

“Segunda estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer” [Peter Pan]

“Si caminamos lo suficiente, alguna vez llegaremos a alguna parte” [El Gato con Botas]

“Deberás distinguir entre el bien y el mal” [Pinocho]

 

Pero...¡observo que es un juego difícil así que lo acortaremos y permitiremos elegir a quienes acertaron a la primera, Johanna, Julia y Janos!

Estos tres eligieron las latas de caramelos, los demás distintos cencerros, esquilas, campanos y cascabeles que Ricardo fue separando de la ristra para darlos en particular.

Después, todos pudieron elegir más elementos de la ristra.

¡Hasta una señora de la sala, no de la familia, pidió poder elegir un cascabel de la ristra porque había acertado a la primera lo del ejemplo, de Caperucita! Y se concedió tal deseo.

 

De despedida, damas y caballeros, infancia y adolescencia, tengo que compartir con ustedes una hipótesis indemostrable (no la puedo demostrar) e irrefutable (no la pueden negar).

La hipótesis es que estoy muerto.

Sí, parezco un humano más pero no, estoy muerto, muy muerto.

En vida fui bueno sin saberlo y, tras la muerte, me concedieron vivir para siempre en el Paraíso.

Y en el Paraíso también me concedieron de compañera a la mejor diosa, a Mercedes.

[Se levanta y saluda al personal]

Y hacen que todos los días reciba ciento por uno.

Por ejemplo, la familia que tengo. También amigos y compañeros.

Por ejemplo, hoy por la mañana la invitación para estar a la mesa con Ana, el compartir la compañía de su familia y de quienes han coincidido en lugar y tiempo, todos ustedes.

¿Qué habré hecho yo para merecer tanto? me pregunto cada día.

 

Gracias por su atención.


Corolario: Ustedes están conmigo en el Paraíso. Disfruten de la vida, pues.


Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

 

En Sepúlveda (Segovia) a 11 de abril de 2026,

Han participado por orden de aparición: Juan Gérvas, Ricardo Gérvas Pérez y Mercedes Pérez-Fernández.

Para contacto: jjgervas@gmail.com

martes, 14 de abril de 2026

Cuando tener hijos deja de ser una opción económica viable


Rafael Pampillón/eldebate.com

En cierta ocasión, un amigo me contó que, cuando le habló a su novia de planes de futuro, ella (economista) le dijo que tener hijos es inviable. Concepto económico, como se sabe.

Durante años, el debate público en España ha girado en torno a una pregunta aparentemente sencilla: ¿por qué nacen tan pocos niños? Las respuestas más repetidas han sido: falta de ayudas a la natalidad, precariedad laboral o dificultad para conciliar. Sin embargo, estas explicaciones, aunque no son incorrectas, resultan superficiales.

¿Por qué? Porque evitan cuestionar la realidad. ¿Y cuál es la realidad? La realidad es que España mantiene un modelo redistributivo que, de forma sistemática, traslada recursos desde las generaciones jóvenes (aquellas en edad de formar familias) hacia los mayores.

En nuestro país, el gasto público, en las últimas décadas, se ha destinado de forma muy significativa a pensiones y sanidad. Mientras que las políticas de familia, infancia o vivienda han quedado en un segundo plano, el 50 % del incremento del gasto público entre 1995 y 2025 se fue a pensiones.

Cuando un sistema redistributivo concentra recursos en quienes ya han completado su ciclo reproductivo, debilita la capacidad de quienes lo están iniciando. Y sin capacidad económica ni expectativas de futuro, la decisión de tener hijos deja de ser una opción viable para convertirse en un lujo.

Aquí es donde fallan muchas de las políticas actuales. Se ofrecen cheques por hijo, ampliaciones de permisos o ayudas puntuales, como si la decisión de tener un hijo fuera equiparable a una compra que puede estimularse con un descuento. Pero sigue sin avanzarse en lo importante: vivienda y estabilidad laboral.

Algo similar ocurre con la inmigración. Alivia temporalmente el envejecimiento de la población, pero no lo resuelve. Porque los propios inmigrantes, al integrarse en la sociedad española, adoptan sus mismos patrones reproductivos.

La cuestión de fondo es que el sistema penaliza económicamente a quienes se encuentran en la fase vital de construir un proyecto familiar. Los jóvenes ganan menos en términos relativos que las generaciones anteriores y se enfrentan a mayores costes en ámbitos como la vivienda.

El resultado es una paradoja. Se exige a las nuevas generaciones que sostengan el sistema (financiando pensiones y servicios), pero al mismo tiempo se les priva de las condiciones necesarias para hacerlo.

Este desequilibrio no es exclusivo de España, pero aquí alcanza una intensidad particularmente alta. Las generaciones mayores, más numerosas y con mayor participación electoral, tienen un peso decisivo. Las más jóvenes están precarizadas y tienen menor influencia.

No se trata simplemente de diseñar mejores políticas, sino de reordenar prioridades. Reducir el gasto en pensiones y aumentar la inversión en familias y vivienda son decisiones que afectan a unos jubilados con gran capacidad de movilización. Lo que supone un coste político.

Sin embargo, ignorar esta realidad tiene consecuencias. La más evidente, la caída de la natalidad. También se está produciendo una fractura generacional cada vez más profunda. Los jóvenes no solo tienen menos recursos; también perciben que el sistema no está pensado para ellos. Esto erosiona la confianza en las instituciones y debilita el pacto social implícito que ha sostenido el modelo de bienestar durante décadas. En un entorno donde, desgraciadamente, las expectativas para los jóvenes son inestables, la opción de no tener hijos se convierte en una realidad.
¿Qué hacer entonces?

Primero, hay que reconocer que el problema no se resolverá con medidas cosméticas, como las ayudas a la conciliación o los incentivos fiscales.Segundo, asumir que la política presupuestaria tiene consecuencias demográficas. Si una gran parte de los recursos se orienta hacia el consumo presente de las generaciones mayores, se está comprometiendo la capacidad de reproducción futura de la sociedad.

Tercero, quizá el más difícil, es introducir una perspectiva intergeneracional en el debate público. No se trata de enfrentar a jóvenes y mayores, sino de reconocer que el sistema debe equilibrar las necesidades de ambos.

España no necesita más eslóganes sobre natalidad ni debates simplificados sobre inmigración. Necesita una conversación honesta sobre cómo distribuye sus recursos y qué consecuencias tiene esa distribución. Porque, al final, el problema no es que los jóvenes no quieran tener hijos. Es que puedan tenerlos.