jueves, 12 de febrero de 2026

OLGA VIERA - Mesa redonda

Mesa redonda sobre una gran creyente. Estos días recordamos a Olga Viera.

 ¡Comparte este testimonio! 

Fue pueblo, madre, feminista y ecologista de verdad. Supo crecer y evangelizar.

jueves, 29 de enero de 2026

Medicalización, psiquiatrización y ecología - Jorge L. Tizón

 En este video el psiquiatra y psicologo Jorge Tizón plantea qué es la psicopatología y las consecuencias de encuadrar como tal todo sufrimiento o malestar psíquico. También los recursos que se deberían poner en marcha, tanto los profesionales como la sociedad, previo a medicalizar un trastorno mental. Pone como ejemplo la ansiedad en los jóvenes. Se necesita una comprensión y una respuesta diferente de este malestar, también desde los propios jóvenes. Huye del paternalismo y profesionalismo, optando por la promoción de las fortalezas del paciente y de la sociedad.
No tiene redes sociales pero muchos otros compartimos sus experiencias. Es fácil encontrar sus aportaciones. 
No solo es muy crítico sino muy propositivo. 
Le persiguieron en tiempos de Franco. Y no está derrotado ni resentido. 
Estamos preparando con ciencia y conciencia un encuentro en el que habrá tiempo de dialogo y colaboración.
 Hemos organizado EN TORREMOCHA (Encuentro y Solidaridad) un curso para profesionales y legos sobre salud mental, con Jorge Tizón. Conoce el programa completo del curso y formas de inscripción en (aquí).
  

miércoles, 21 de enero de 2026

El primer contrato también va por clases

Meritocracia: ¡porque yo lo valgo! 

Quim González Muntadas
https://elblogdequim.wordpress.com/2026/01/14/meritocracia-porque-yo-lo-valgo/
14 enero 2025

Cuánto agradezco a la innovación tecnológica que hoy me permite acceder y estudiar textos que durante buena parte de mi vida me resultaban inalcanzables por no conocer idiomas como el inglés, el alemán o el chino. Hoy, gracias a estas herramientas, puedo leer investigaciones que cuestionan —con datos y evidencias— algunos de los grandes dogmas ideológicos de nuestro tiempo. Entre ellos, el de la meritocracia, convertida en coartada moral de desigualdades que siguen teniendo un profundo origen de clase.

Porque resulta curioso —y políticamente muy significativo— observar cómo determinados jóvenes bien situados socialmente, los hijos e hijas de “papá”, se presentan como ejemplo de esfuerzo y superación personal, repartiendo consejos de autoayuda profesional desde la cómoda plataforma de sus ventajas iniciales. Bajo ese discurso del “si yo lo he conseguido, tú también puedes” o del “porque lo valgo”, se ocultan redes familiares, apoyos económicos, capital cultural y oportunidades que no están al alcance de la mayoría. Y así lo que es privilegio se presenta como mérito, y lo que es estructura social se disfraza de biografía individual.

Por eso me resulta tan valioso poder acceder —aunque sea en inglés— a estudios como Who Rides Out the Storm? The Immediate Post-College Transition and its Role in Socioeconomic Earnings Gaps. Un trabajo que ilumina un momento decisivo y casi invisibilizado en el debate público: la transición inmediata entre la universidad y el primer empleo. Ahí, precisamente ahí, es donde la retórica meritocrática se confronta con la realidad material de las desigualdades y donde las condiciones de origen siguen marcando, de manera silenciosa pero decisiva, el rumbo del futuro.

El estudio sigue las trayectorias de decenas de miles de graduados de un gran sistema público universitario urbano de Estados Unidos durante los cinco años posteriores a su titulación. No se basa en percepciones, opiniones o encuestas; se apoya en registros académicos, datos socioeconómicos y salarios reales. Y lo hace con una pregunta muy concreta: si dos jóvenes han estudiado la misma carrera, en la misma universidad y con resultados académicos similares, ¿por qué, cinco años después, sus salarios pueden ser tan diferentes?

Para responderla los autores controlan los factores que solemos asociar con el “mérito”: notas, institución, itinerario académico, rendimiento previo. Es decir, ponen en igualdad de condiciones aquello que el discurso meritocrático suele considerar decisivo. Y a partir de ahí dirigen la mirada a un punto del camino que raramente recibe atención: el primer empleo.

Ese primer empleo no se mide solo por el salario inicial. Importa si el graduado tenía un puesto asegurado al terminar la carrera, el tipo de empresa en la que entra, el nivel salarial medio de esa empresa, el ajuste del puesto con el campo de estudios y el grado de estabilidad o precariedad de la inserción laboral. Dicho de otro modo, importa desde qué peldaño entras en la escalera.

El resultado es tan contundente como políticamente incómodo: cinco años después de graduarse, los jóvenes de origen acomodado ganan como mínimo un 12 % más que los de origen humilde, aunque hayan estudiado lo mismo, en el mismo lugar y con las mismas notas. La desigualdad no se produce en el aula: aparece después, en ese pequeño pero crucial tramo que separa la universidad del primer contrato.

Y hay un dato especialmente revelador: cuando se introducen en el análisis las características del primer empleo, la parte de la brecha salarial que quedaba sin explicar se reduce en casi dos tercios. Es decir, una parte decisiva de la desigualdad futura no procede del talento o del esfuerzo individual, sino de la posición social desde la que cada joven inicia su vida laboral.

Ahí es donde la meritocracia deja de ser teoría moral y se convierte en ideología justificadora.

Quien cuenta con respaldo familiar puede rechazar ofertas malas, permitirse meses de búsqueda, hacer prácticas mal pagadas mientras acumula contactos, esperar la oportunidad adecuada. Ese tiempo no es un sacrificio: es una inversión sostenida por un colchón económico y afectivo.

Quien no dispone de ese margen acepta lo que primero aparece. Y lo que aparece pronto, demasiadas veces, es un empleo peor pagado, menos estable o escasamente relacionado con la formación recibida. No es falta de ambición ni de mérito, es una urgencia material. Hay alquileres, facturas, responsabilidades familiares,…., pendientes. La necesidad empuja y la elección se convierte en imposición.

El problema es que ese primer empleo no se queda en el presente: se convierte en trayectoria. Un salario inicial más bajo supone progresiones más lentas, menor capacidad para cambiar de sector, menos redes profesionales. La desventaja deja de ser coyuntural y se vuelve estructural. Y entonces el relato del “so quieres, puedes” se transforma en una forma elegante de culpabilizar a quien nunca pudo elegir.

Porque hoy, más que medir méritos, el primer empleo clasifica destinos. Podríamos decir que la universidad forma. Que el mercado laboral jerarquiza. Y que el origen social, silencioso pero eficaz, ordena esa jerarquía.

Reconocerlo no es despreciar el esfuerzo ni negar el mérito. Es sacarlos del vacío y rebajar la inflamación de tantos egos que se exhiben en las redes sociales presumiendo —con gesto autosuficiente— “por que lo valgo”.

El orgullo de limpiar culos

Diario de un sanitario/facebook

Hoy volvió a sonar, con esa media sonrisa de superioridad:
«En el fondo, lo que haces es limpiar culos para ganarte la vida».
No es la primera vez. Ni la décima.
Por eso lo digo fuerte y sin bajar la mirada:
SÍ. Limpio culos.
Corto uñas de los pies que parecen fósiles de otra era. Desenredo cabellos que guardan meses de olvido. Visto cuerpos que ya no obedecen. Ducho personas que llevan demasiado tiempo sin sentir el consuelo del agua tibia. Les doy de comer cucharada a cucharada cuando las manos les tiemblan tanto que la comida termina en la barbilla. Hago todo eso y otras cien cosas que no caben en un tuit.
Y lo hago por personas que siguen siendo personas, aunque su cuerpo ya no les deje serlo como antes.
Pero claro, seguid reduciendo doce horas de empatía, técnica, paciencia y cariño a solo «limpiar culos». Es fácil. Provoca una risita rápida y barata.
Estoy harta del desprecio que esconden esas palabras.
No todos valemos para todo.
Yo, por ejemplo, jamás podría pasarme la vida sentada frente a una pantalla haciendo que unos pocos acumulen millones mientras otros pierden el techo. No podría vender humo con una sonrisa perfecta ni mentir por un bonus de fin de año. Y sin embargo, esos trabajos suelen venir con sueldos altos y palmadas en la espalda.
El mío, en cambio, parece quedar en el último escalón solo porque a veces incluye el culo de un adulto mayor.
A los que les parece tan gracioso: de corazón espero que nunca necesitéis que alguien os limpie el vuestro.
Lo deseo de verdad.
Pero la vida no pregunta opinión.
Un día puede llegar un ictus, una caída, una enfermedad degenerativa, la vejez implacable… y de repente estaréis en esa cama, vulnerables, dependiendo de unas manos ajenas.
Y os lo prometo: cuando ese día llegue, una de nosotras estará ahí.
Os limpiaremos con cuidado, con respeto, con profesionalidad.
Os hablaremos con cariño, os haremos reír si podemos, os miraremos a los ojos y nunca, jamás, os haremos sentir menos.
Dejaremos la habitación oliendo a limpio y la dignidad intacta.
Así que, por favor, dejad de usar «limpiaculos» como burla o como insulto.
Porque el día que estéis ahí tumbados, con el corazón acelerado y el orgullo herido, rogando en silencio que os traten como seres humanos y no como un estorbo…
en ese preciso instante entenderéis quiénes son los héroes de verdad.
Con la cabeza alta, los guantes bien puestos y el corazón en su sitio,

Una auxiliar de enfermería orgullosa de limpiar culos y de devolver dignidad,
turno tras turno.

domingo, 11 de enero de 2026

Alice Thornton




Alice Thornton fue arrestada por lanzar una piedra a través de una ventana del parlamento en 1913. Su demanda: votos por las mujeres. Su sentencia: seis meses. Su respuesta: huelga de hambre. La respuesta de la prisión: alimentación forzada tres veces al día. Las correas de cuero la sostuvieron a una silla. Los guardias abrieron su mandíbula con abrazaderas de metal. Un tubo de goma fue metido por su garganta en su estómago. Se vertió comida líquida a través. Alice vomitó sangre durante semanas.

Este tintipo fue sacado de contrabando por un guarda de prisión simpático que fue despedido tres días después. Alice está atada a la silla de alimentación, un tubo en la garganta, cuatro matronas sosteniéndola. Sus ojos muestran que nunca se rendirá. La alimentación forzada causó daño permanente en su esófago. Apenas podía tragarse comida sólida por el resto de su vida.
Alice fue liberada después de cuatro meses, pesando setenta y tres libras, incapaz de caminar. Ella estaba de vuelta arrojando piedras a edificios del gobierno en seis semanas. Arrestado de nuevo. Huelga de hambre otra vez. Alimentación forzada de nuevo. Este ciclo se repitió cinco veces entre 1913 y 1918. Cada vez destruía más de su cuerpo. Cada vez que ella regresaba a la pelea.
Las mujeres votaron en 1920. Alice vivió para emitir su primera votación, a los treinta y cinco años, se dirigió al centro de votación porque sus piernas nunca se recuperaron completamente. Murió en 1954, sesenta y nueve años. Su lápida dice: "Se tragó tubos para que sus hijas pudieran tragarse su orgullo y votar.