David Moreu
En el marco del ciclo “Diálogos con el autor”, la Sociedad Española de Psicoanálisis acogerá el próximo 9 de abril un encuentro con Jorge L. Tizón en torno a su libro “Poder y psicopatología”, una reflexión profunda y necesaria sobre los mecanismos que sustentan los usos y abusos de poder en la sociedad contemporánea. La sesión, conducida por el psicoanalista y psicoterapeuta Jordi Artigue, ofrecerá un espacio de diálogo en el que se abordarán tanto los fundamentos teóricos de la obra como sus implicaciones en la realidad actual. El autor, con una amplia trayectoria como psiquiatra, psicoanalista y docente, aportará su experiencia en el ámbito de la salud mental para iluminar las raíces psíquicas del poder y sus distorsiones. El acto tendrá lugar en formato presencial y online, y estará abierto al público de manera gratuita. Como previa a la sesión, hemos hablado con Jorge L. Tizón sobre las dinámicas de poder que atraviesan nuestras sociedades y nuestras vidas.
Le propongo empezar por el principio. ¿Cuál fue el detonante específico que le llevó a transformar su experiencia clínica en este ensayo sobre la perversión y la corrupción?
El detonante fue percibir una crisis social marcada por el miedo y la falta de respuestas ante actividades perversas, tanto de personas como de instituciones. A esto se sumó la petición de un grupo de psicoanalistas de la SEP, quienes planteaban una cuestión fundamental: ¿Se pueden seguir aplicando hoy los conceptos psicoanalíticos para explicarnos lo social? Esa necesidad de análisis fue lo que me llevó a transformar la experiencia clínica en este ensayo.
Usted propone la tesis de que la crisis económica es, esencialmente, una crisis política y social. ¿Cómo ha logrado la perversión, entendida como organización relacional, echar raíces tan profundas en nuestras instituciones sociales contemporáneas?
Lo que inicialmente se presentaba como una crisis económica, hoy se manifiesta de forma más amplia a través de tres ejes: la crisis ecosistémica, la geopolítica y la del propio sistema social. Ante toda crisis y una situación grave, siempre surgen la perversión y las reacciones esquizoparanoides como respuesta defensiva. En este contexto, las instituciones pueden adoptar un supuesto básico grupal de ataque-fuga, permitiendo que esa organización relacional perversa eche raíces muy profundas.
En el libro reflexiona sobre el contraste entre el sufrimiento social generalizado y la ausencia de una respuesta más contundente por parte de la población. ¿Qué mecanismos psicológicos desactivan la capacidad de indignación de la sociedad?
La desactivación de la indignación se apoya en la de-sublimación del miedo y la de-sublimación de la agresión intraespecífica (herramientas clave de la psicopolítica actual), apoyando la psicopolítica de la escisión e identificación proyectivas masivas. Este proceso conlleva la ruptura con la ética anterior y la difusión sistemática de la mentira y la manipulación social. Ejemplos como la política de los dosieres (visibles en el caso Epstein) o el uso perverso de la Inteligencia Artificial, potencian estos mecanismos psicológicos que logran neutralizar la respuesta de la población ante el sufrimiento generalizado.
También analiza la psicopolítica de las emociones. ¿De qué manera el neoliberalismo utiliza el miedo como herramienta para asegurar la pasividad o la obediencia del individuo?
Mientras la derecha utiliza las emociones como un gran negocio para consolidar un poder psicopolítico y tanatopolítico basado en el miedo y la ira, la izquierda se muestra torpe, anclada en un racionalismo que desatiende la emoción. Es como si la razón fuera lo bueno y la emoción lo malo. Para el psicoanálisis, la emoción es básica para explicar el psicodesarrollo y la psicopolítica actual. Hoy vemos dos nuevas arquitecturas de la personalidad (y de las instituciones sociales) cada vez más divergentes: una autoritaria y fascistizante, que proyecta e introduce las emociones desagradables en los demás, y otra que yo llamo reparatoria. Esta última se basa en la colaboración interhumana a través de la alegría, el deseo, el apego y los procesos de duelo vividos de forma común, creativa y elaborativa. Eso implica un replanteamiento conceptual, en el que estoy embarcado desde mis libros “El poder del miedo” y “Psicopatología del poder”. Por eso he tenido que desarrollar conceptos como el de la política de las emociones, la psicopolítica, la de-simbolización y de-sublimación del miedo, la organización relacional intrusiva o perversa, la cronificación medicalizada, la ideología pandiagnóstica, la venalidad (que no “banalidad”) del mal, la relación Eros-Ares-Poder-Porno, una reconceptualización de la Psico(pato)logía y de los cuadros clínicos psicopatológicos…
¿En qué momento la psicología y la psiquiatría dejaron de ser herramientas de sanación para convertirse en posibles medios de persuasión y manipulación al servicio del sistema?
Desde sus inicios se ha evidenciado que no existe una ciencia neutral, todas terminan siendo utilizadas por los poderes dominantes. De ahí la importancia de que dichos poderes sean verdaderamente democráticos, lo cual, desde nuestra perspectiva, significa que estén basados en las emociones del apego, la pena, el deseo, la alegría y la indagación solidaria. Solo a través de organizaciones de la relación correspondientes, como la organización reparatoria, es posible alcanzar una verdadera salud mental colectiva. A su desarrollo social es a lo que hoy prefiero llamar comunitarismo.
¿Cuál debe ser el nuevo contexto ético de los psicoanalistas para no terminar siendo un engranaje más de la manipulación neoliberal?
El psicoanálisis implica una actitud heurística y vital que obliga a preguntarse por lo que hay detrás, en esa “otra pantalla”. Una actitud que suele ir acompañada de una ética de la solidaridad. Sin embargo, todo es susceptible de pervertirse, incluida la propia ética psicoanalítica. Hoy observamos a profesionales en diversos países justificando con pseudoargumentos guerras contra Palestina e Irán. Esta deriva ayuda a que se legitime la muerte en masacres bélicas de más de un millón de personas en pocos años.
Usted dedica un espacio crítico al consumo sanitario. ¿Cómo se manifiesta la perversión del poder cuando la salud se transforma en una mercancía más dentro del engranaje del mercado?
La cronificación medicalizada, la medicalización y la psiquiatrización son fenómenos que ya están triunfando, pero nuestro concepto va un paso más allá a partir de que hemos podido vislumbrar la psiquiatrización e intoxicación psicofarmacológica de la sociedad. La sanidad está dejando de ser un resultado de la solidaridad, del apego y las pulsiones de vida para transformarse, sobre todo, en una fuente de negocio. Actualmente, se ha convertido en un terreno para negocios especulativos que, en ocasiones, resultan incluso antisanitarios.
¿Cuál es el papel real que juegan los medios de comunicación en la construcción de esta mentalidad grupal que acepta la corrupción como un elemento estructural?
Los medios de comunicación son piezas básicas en la psicopolítica gracias a su poder para difundir mentiras, patrañas y medias verdades, corrompiendo así la ética y las relaciones humanas. Esta responsabilidad no recae solo en las redes sociales, que suelen concentrar la mayor parte de las críticas, sino también en los medios tradicionales como la televisión, la radio y la prensa. En los países del “Atlántico Norte”, estas plataformas se encuentran enormemente oligopolizadas y permanecen sujetas a la voz de su amo. Actúan como elementos estructurales de esa mentalidad grupal colonial y belicista, que está propiciando y conformando las grandes carnicerías actuales con la participación por acción u omisión de las poblaciones de nuestros países.
Próximamente presentará el libro en la Sociedad Española de Psicoanálisis. ¿Qué acogida espera de sus colegas ante un texto que reflexiona sobre los claroscuros de su profesión en este contexto de crisis global?
Espero que esta sesión sirva para reflexionar y discutir sobre los avatares del poder en el siglo XXI, un tema ineludible hoy día. Debemos preguntarnos si nuestros conceptos siguen siendo válidos para explicar este mundo globalizado donde se actúa con disociaciones groseras y en plena posición esquizoparanoide, aceptando con lenidad la venalidad del poder. Algunos incluso utilizan esta corrupción para actividades intrusivas y lesivas contra la humanidad. Como psicoanalistas, debemos defender a la humanidad como un “objeto total”: una sola especie en un planeta y momento histórico concretos. Si nuestra disciplina no contribuye a esa perspectiva de salud planetaria, dejaría de tener valor social.
Le propongo empezar por el principio. ¿Cuál fue el detonante específico que le llevó a transformar su experiencia clínica en este ensayo sobre la perversión y la corrupción?
El detonante fue percibir una crisis social marcada por el miedo y la falta de respuestas ante actividades perversas, tanto de personas como de instituciones. A esto se sumó la petición de un grupo de psicoanalistas de la SEP, quienes planteaban una cuestión fundamental: ¿Se pueden seguir aplicando hoy los conceptos psicoanalíticos para explicarnos lo social? Esa necesidad de análisis fue lo que me llevó a transformar la experiencia clínica en este ensayo.
Usted propone la tesis de que la crisis económica es, esencialmente, una crisis política y social. ¿Cómo ha logrado la perversión, entendida como organización relacional, echar raíces tan profundas en nuestras instituciones sociales contemporáneas?
Lo que inicialmente se presentaba como una crisis económica, hoy se manifiesta de forma más amplia a través de tres ejes: la crisis ecosistémica, la geopolítica y la del propio sistema social. Ante toda crisis y una situación grave, siempre surgen la perversión y las reacciones esquizoparanoides como respuesta defensiva. En este contexto, las instituciones pueden adoptar un supuesto básico grupal de ataque-fuga, permitiendo que esa organización relacional perversa eche raíces muy profundas.
En el libro reflexiona sobre el contraste entre el sufrimiento social generalizado y la ausencia de una respuesta más contundente por parte de la población. ¿Qué mecanismos psicológicos desactivan la capacidad de indignación de la sociedad?
La desactivación de la indignación se apoya en la de-sublimación del miedo y la de-sublimación de la agresión intraespecífica (herramientas clave de la psicopolítica actual), apoyando la psicopolítica de la escisión e identificación proyectivas masivas. Este proceso conlleva la ruptura con la ética anterior y la difusión sistemática de la mentira y la manipulación social. Ejemplos como la política de los dosieres (visibles en el caso Epstein) o el uso perverso de la Inteligencia Artificial, potencian estos mecanismos psicológicos que logran neutralizar la respuesta de la población ante el sufrimiento generalizado.
También analiza la psicopolítica de las emociones. ¿De qué manera el neoliberalismo utiliza el miedo como herramienta para asegurar la pasividad o la obediencia del individuo?
Mientras la derecha utiliza las emociones como un gran negocio para consolidar un poder psicopolítico y tanatopolítico basado en el miedo y la ira, la izquierda se muestra torpe, anclada en un racionalismo que desatiende la emoción. Es como si la razón fuera lo bueno y la emoción lo malo. Para el psicoanálisis, la emoción es básica para explicar el psicodesarrollo y la psicopolítica actual. Hoy vemos dos nuevas arquitecturas de la personalidad (y de las instituciones sociales) cada vez más divergentes: una autoritaria y fascistizante, que proyecta e introduce las emociones desagradables en los demás, y otra que yo llamo reparatoria. Esta última se basa en la colaboración interhumana a través de la alegría, el deseo, el apego y los procesos de duelo vividos de forma común, creativa y elaborativa. Eso implica un replanteamiento conceptual, en el que estoy embarcado desde mis libros “El poder del miedo” y “Psicopatología del poder”. Por eso he tenido que desarrollar conceptos como el de la política de las emociones, la psicopolítica, la de-simbolización y de-sublimación del miedo, la organización relacional intrusiva o perversa, la cronificación medicalizada, la ideología pandiagnóstica, la venalidad (que no “banalidad”) del mal, la relación Eros-Ares-Poder-Porno, una reconceptualización de la Psico(pato)logía y de los cuadros clínicos psicopatológicos…
¿En qué momento la psicología y la psiquiatría dejaron de ser herramientas de sanación para convertirse en posibles medios de persuasión y manipulación al servicio del sistema?
Desde sus inicios se ha evidenciado que no existe una ciencia neutral, todas terminan siendo utilizadas por los poderes dominantes. De ahí la importancia de que dichos poderes sean verdaderamente democráticos, lo cual, desde nuestra perspectiva, significa que estén basados en las emociones del apego, la pena, el deseo, la alegría y la indagación solidaria. Solo a través de organizaciones de la relación correspondientes, como la organización reparatoria, es posible alcanzar una verdadera salud mental colectiva. A su desarrollo social es a lo que hoy prefiero llamar comunitarismo.
¿Cuál debe ser el nuevo contexto ético de los psicoanalistas para no terminar siendo un engranaje más de la manipulación neoliberal?
El psicoanálisis implica una actitud heurística y vital que obliga a preguntarse por lo que hay detrás, en esa “otra pantalla”. Una actitud que suele ir acompañada de una ética de la solidaridad. Sin embargo, todo es susceptible de pervertirse, incluida la propia ética psicoanalítica. Hoy observamos a profesionales en diversos países justificando con pseudoargumentos guerras contra Palestina e Irán. Esta deriva ayuda a que se legitime la muerte en masacres bélicas de más de un millón de personas en pocos años.
Usted dedica un espacio crítico al consumo sanitario. ¿Cómo se manifiesta la perversión del poder cuando la salud se transforma en una mercancía más dentro del engranaje del mercado?
La cronificación medicalizada, la medicalización y la psiquiatrización son fenómenos que ya están triunfando, pero nuestro concepto va un paso más allá a partir de que hemos podido vislumbrar la psiquiatrización e intoxicación psicofarmacológica de la sociedad. La sanidad está dejando de ser un resultado de la solidaridad, del apego y las pulsiones de vida para transformarse, sobre todo, en una fuente de negocio. Actualmente, se ha convertido en un terreno para negocios especulativos que, en ocasiones, resultan incluso antisanitarios.
¿Cuál es el papel real que juegan los medios de comunicación en la construcción de esta mentalidad grupal que acepta la corrupción como un elemento estructural?
Los medios de comunicación son piezas básicas en la psicopolítica gracias a su poder para difundir mentiras, patrañas y medias verdades, corrompiendo así la ética y las relaciones humanas. Esta responsabilidad no recae solo en las redes sociales, que suelen concentrar la mayor parte de las críticas, sino también en los medios tradicionales como la televisión, la radio y la prensa. En los países del “Atlántico Norte”, estas plataformas se encuentran enormemente oligopolizadas y permanecen sujetas a la voz de su amo. Actúan como elementos estructurales de esa mentalidad grupal colonial y belicista, que está propiciando y conformando las grandes carnicerías actuales con la participación por acción u omisión de las poblaciones de nuestros países.
Próximamente presentará el libro en la Sociedad Española de Psicoanálisis. ¿Qué acogida espera de sus colegas ante un texto que reflexiona sobre los claroscuros de su profesión en este contexto de crisis global?
Espero que esta sesión sirva para reflexionar y discutir sobre los avatares del poder en el siglo XXI, un tema ineludible hoy día. Debemos preguntarnos si nuestros conceptos siguen siendo válidos para explicar este mundo globalizado donde se actúa con disociaciones groseras y en plena posición esquizoparanoide, aceptando con lenidad la venalidad del poder. Algunos incluso utilizan esta corrupción para actividades intrusivas y lesivas contra la humanidad. Como psicoanalistas, debemos defender a la humanidad como un “objeto total”: una sola especie en un planeta y momento histórico concretos. Si nuestra disciplina no contribuye a esa perspectiva de salud planetaria, dejaría de tener valor social.
