sábado, 27 de diciembre de 2025

Waris Dirie


En nombre de Ala? ¿En qué versículo lo pone? ¿Quién lo dice?
Nació en 1965, en pleno corazón del desierto somalí. Una de doce hijos en una familia nómada que recorría uno de los paisajes más duros y despiadados del planeta.
A los seis años, Waris Dirie ya cuidaba sesenta cabras y ovejas. Cada día salía sola al desierto para pastorearlas. El agua era escasa. La comida también. La vida giraba en torno a una sola idea: sobrevivir. Su nombre significa “Flor del Desierto”.
A los cinco años, una anciana viene por ella.
Una cuchilla rota, manchada de sangre. Sin anestesia. Sin esterilización. Le cubren los ojos, le ponen una raíz entre los dientes. Su madre la sujeta con fuerza, su tía inmoviliza sus piernas. Y comienza lo irreparable: la mutilación tipo III, la más extrema. Todo es retirado, luego cosido con espinas de acacia y un hilo blanco, dejando solo una abertura diminuta, del tamaño de un fósforo.
El dolor es inimaginable.
Una de sus hermanas morirá. Dos primas también. Waris sobrevive.
Su madre le explica que “es necesario”. Por Alá. Por tradición. En Somalia, casi todas las niñas pasan por lo mismo. Se estima que el 98% de las mujeres han sido mutiladas.
A los trece años, su padre anuncia su matrimonio:
— El esposo: un hombre de 60 años.
— La dote: cinco camellos.
Su madre, en silencio, le ayuda a escapar.
Waris huye en plena noche, sola, sin dinero, sin mapa, sin protección. Una niña de trece años cruzando uno de los lugares más peligrosos del mundo.
Llega a Mogadiscio. Su tío, recién nombrado embajador en el Reino Unido, acepta llevarla a Londres… como empleada doméstica. No sabe leer ni escribir. No habla inglés. Trabaja sin salario para su familia.
En 1985 termina la misión diplomática. La familia regresa. Waris se queda ilegalmente en el Reino Unido. Alquila un cuarto en el YMCA, encuentra trabajo limpiando en McDonald’s y por las noches asiste a clases de inglés.
Tiene dieciocho años, está sola en una ciudad desconocida y aprende el alfabeto como una niña.
En 1987, todo cambia.
Un fotógrafo entra al McDonald’s: Terence Donovan, una leyenda de la moda. Queda impactado por su rostro, por su presencia.
Le pregunta: “¿Quieres ser modelo?”
Ella responde: “Sí”.
Ese mismo año posa para el calendario Pirelli, junto a una joven poco conocida: Naomi Campbell. En una noche, su vida da un giro total.
Pasarelas en París, Milán, Londres, Nueva York.
Chanel, Levi’s, L’Oréal, Revlon.
Primera mujer negra en un anuncio de Oil of Olay.
Portadas de Vogue, Elle, Glamour.
Incluso aparece en una película de James Bond.
Está viviendo su sueño.
Pero la pesadilla sigue ahí.
Sus cicatrices. Su dolor. La infancia robada a los cinco años. El trauma silencioso que la acompaña durante años.
En 1997, en el punto más alto de su carrera, conoce a Laura Ziv, periodista de Marie Claire. Debían hablar de su “historia de cuento de hadas”. Pero Waris cambia de tema:
“Si me prometes publicar lo que voy a contarte… te diré la historia real”.
Y lo cuenta todo.
La mutilación.
Su vida.
Los millones de niñas como ella.
La violencia que el mundo ignoraba.
El artículo —La tragedia de la mutilación femenina— provoca un impacto mundial.
Barbara Walters la entrevista.
Los medios amplifican su voz.
Por primera vez, la mutilación genital femenina tiene un rostro, un nombre, una voz.