El pasado 4 de octubre fue publicada la Great Barrington Declaration, que promueve la estrategia llamada de Protección Enfocadacomo abordaje frente a la pandemia COVID-19; ésta prioriza la puesta en marcha de medidas para proteger a los más vulnerables mientras recomienda reanudar la normalidad para el resto de la sociedad. La justificación de la misma se basa tanto en el progresivo incremento de la inmunidad en la población, como los graves efectos que pueden producir los confinamientos masivos y repetidos. La declaración está liderada por tres epidemiólogos reputados, Martin Kulldorff (profesor de medicina en la Universidad Harvard), Sunetra Gupta (profesora de epidemiología de la Universidad de Oxford), y Jay Bhattacharya, profesor de epidemiología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford. Como reacción frente a ella, otro grupo de expertos también muy reputados (Nisreen A Alwan, Rochelle Ann Burgess,Trisha Greenhalgh, Marc Lipsitch, o Martin McKee), publicaron en Lancetuna llamada a firmar otra declaración, el John Snow Memorandum ( de inequívocos aromas a Juego de Tronos), en que se deslegitimaba con vehemencia la anterior declaración ( a la que consideran una “peligrosa falacia sin evidencia que la soporte”), afirmando con rotundidad que “ controlar la difusión en la comunidad de la COVID 19 es la mejor forma de proteger personas y economía hasta disponer de vacunas o tratamientos efectivos en los próximos meses”. “No podemos permitirnos distracciones”concluyen.
Curiosa la forma de dilucidar la efectividad o eficiencia de intervenciones ( que tanto preocupaban a Cochrane), no a partir de las pruebas existentes, sino mediante el respaldo a comunicados y manifiestos. Hasta tal punto llega el desatino que GD Smith, Blastland y Munafo publicaron hace unos días un editorial en BMJ señalando que con respecto a la pandemia que las certezas proliferan por doquier, con expertos que se multiplican exponencialmente para desacreditar continuamente al que difiere de su punto de vista.
A la manera de los tertulianos de las emisoras de radio y televisión capaces de opinar de cualquier tema todos los días de la semana, los expertos en epidemiología, pandemias y vacunas se han convertido en las nuevas estrellas de la televisión desplazando en el interés de los espectadores a los habitantes de Sálvame Deluxe; consultados cada día por múltiples medios, asombra esa capacidad de estar al día de todo lo que las revistas científicas producen, de toda la información epidemiológica que se genera al segundo, casi tan rápido como las oscilaciones de la bolsa de Wall Street.
Hoy en día no hay profesión más admirada socialmente que la del científico. Pronto aparecerán series de Netflix con Faucis o Fernando Simones como protagonistas. Basta con escuchar el nivel de embeleso con el que son entrevistados por periodistas mucho más incisivos con otro tipo de protagonistas de la actualidad para comprobar hasta qué punto el científico (o la científica) se ha convertido en el sacerdote o la sacerdotisa del siglo XXI. Su imagen de gente abnegada, altruista, solo pendiente del virus que crece en su laboratorio o el funcionamiento de la mitocondria de sus ratas es enternecedor. Nunca aparec, sin embargo, su cara oculta, la gestión autoritaria del personal a cargo, la humillación de becarios y colaboradores más jóvenes, , el ansia por la publicación a toda costa en revistas del primer cuartil para aumentar su factor de impacto, para conseguir de cualquier forma nuevos fondos con que financiar sus proyectos que a menudo acaban devolviendo porque su glotonería no les permite abarcar tanto. Alguien con tanto prestigio como Trisha Greenhalgh no tiene rubor en protestar porque el BMJ no permita incluir más de 4 autores privando a sus “junior” de poder hacer curriculum. Richard Horton el director de The Lancet se escandalizaba ante un correo recibido de un “médico de trinchera” que denunciaba cómo algunos académicos se aprovechan de la información que éstos generan sin compartir con ellos la autoría.
En su imprescindible Can Medicine be cured?, Seamus O’Mahoney describe el comportamiento de los grandes centros de investigación de lo que él llama Mala Ciencia ( Bad Science) como de cuasifeudales, donde la mezcla de incentivos perversos, comercialización y obsesión por la carrera científica lleva a pervertir el fin de la ciencia:”la promoción científica en ciencia depende en gran medida de las métricas de la publicación, que se sustenta en el número absoluto de artículos publicados , y con que frecuencia éstos trabajos son citados por terceros”. O’Mahoney cita los trabajos del historiador Daniel Kevles a propósito de las investigaciones lideradas por Al Gore sobre el fraude científico donde señalaba que “ para Gore y otro muchos el fraude en las ciencias biomédicas era similar a los antecedentes de pederastia en la iglesia”.
Buena parte de ese desmedido esfuerzo de los científicos que ha generado una descomunal producción durante la pandemia tiene más que ver con la vanidad y ambición personal que con un intento real de mejorar la situación de las personas.
GD Smith y colegas señalan que la certeza es el anverso del conocimiento: “ a la hora de decidir a quien escuchar en la era del COVID-19 , deberíamos respetarr a quienes respetan la incertidumbre,y escuchar a quienes reconocen las existencia de evidencias contrapuestas o que incluso cuestionan sus convicciones más sólidas.Cuanto más seguro esté alguien sobre el cOVID-19 menos deberías confiar en él”.
La ciencia está llena de grandezas, pero también de mucha miseria, como cualquier tipo de actividaad humana
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