El Embros Theater de Atenas es uno de los mayores símbolos de la autogestión en Grecia. Tras años de abandono, el colectivo Kinivi Mavil ocupó este teatro público del distrito de Psiris. "Lo ocupamos tras la oleada de Syntagma, a finales de 2011, con doce días de discusiones, charlas e intervenciones", asegura Christina Thomopoulos, que trabaja con arte experimental. Christina modera una charla en el Embros que resume la pluralidad de la sociedad griega. También, la dificultad de diálogo.
El sexagenario Thomas Tsoutsos recuerda la ocupación de la plaza Syntagma con algo de desprecio. Habla de "caos", de "falta de organización", de "decepción personal". En el lado opuesto de la mesa se encuentra Xara Alexakis, una profesora de arte dramático. "A mí Syntagma me marcó. Era algo muy vivo. Había mucha gente que no tenía un pasado militante, interesada en la política", afirma Xara. Esta diferencia de posturas coincide con la conclusión de Jeza Goudi, tras un año de convivencia con activistas griegos: los movimientos sociales clásicos no se conectaron tanto con los Indignados de Sytagma. "Tienen mucha más ideologización que en la España del 15M. No hay un diálogo tan transversal. Los grupos de izquierdas que participaron en las revueltas de 2008 encuentran naivesa los de 2011".
Christina Thomopoulos, mientras modera la charla informal del Embros, tampoco toca la macropolítica. Ni rastro de partidos. Apenas habla de gestión colectiva, de detalles que abren puertas. "Investigamos nuevos caminos comunitarios, la producción artística, la convivencia", afirma Christina.
Todos los caminos llevan a Exarcheia
En la Atenas social, todos los caminos llevan a Exarcheia, el barrio anarquista. En la terraza del centro social Nosotros, Christine Papadopoulou hace un minucioso repaso cronológico de la ocupación de Syntagma. "Fue una llamada de los Indignados españoles. Alguien en la puerta del Sol colocó un cartel tipo "silencio, que vamos a despertar a los Griegos". Y la gente se lanzó a las plazas", afirma Christine. A partir del 25 de mayo de 2011, los griegos tomaron la plaza Syntagma de Atenas y cientos de plazas en todo el país. 100.000 personas rodearon el Parlamento, con un gran cartel en español: "Estamos despiertos. ¿Qué hora es? Es hora de que se vayan".
Christine habla de Syntagma con emoción: "Yo nunca había tenido contacto con la política. Muchos nos conocimos en Syntagma y empezamos a hacer cosas juntos. En el inicio no había ni banderas de partidos. Poco a poco, comenzaron a llegar los infiltrados de grupos organizados". Syntagma fue un divisor de aguas. Christine comienza a enumerar alternativas que surgieron de la ocupación de Syntagma, como la Campaña Ciudadana de Auditoría de la Deuda, el Banco del Tiempo de Atenas, el Bazar de Intercambio solidario o el grupo de Democracia Directa. "El formato asamblea se expandió por barrios y ciudades. El boom de la economía solidaria es fruto de Syntagma", matiza Christine.
Todos los caminos, todas las luchas, llevan a Exarcheia. La revolución de 1973 empezó en la universidad politécnica, en la calle Stournari. El asesinato del adolescente Alexis Grigoropoulos, que dio pie a las revueltas de 2008, ocurrió a pocos metros del centro social Nosotros. Una esquina desconchada sirve de memorial colectivo. Una fotografía recuerda a Alexis Grigoropoulos, al lado de un cartel con el rostro de Salvador Puig Antich (ejecutado por el franquismo). Durante el estallido de 2008, tras la muerte de Alexis, una frase que apareció en una pared de Atenas viralizó por el país: "Somos una imagen del futuro".
Aquella imagen del futuro fue la ocupación de Syntagma en 2011. O las protestas de diciembre de 2014, las primeras masivas de los últimos años. Para James Roos, editor de Roar Magazine, "el futuro distópico es ahora". La nueva imagen del futuro son las revueltas en solidaridad con Nikos Romanos, el preso anarquista que acaba de terminar una huelga de hambre. Pero la imagen del futuro también es pasado. El 2 de diciembre, la represión policial en Exarchia se agudizó en la entrada de la Universidad Politécnica, el lugar exacto del levantamiento estudiantil de 1973 que acabaría derrumbando al régimen de los coroneles. "Hay un sentimiento generalizado de que la nueva generación tiene que levantarse hacia el desafío de nuestros tiempos, como sus padres lo hicieron en los setenta", asegura James Roos.
Pero tal vez no sea un futuro tan distópico. Nikos Romanos ha forzado al Parlamento a concederle un régimen abierto. El Gobierno se tambalea. Los coroneles de la troika tiemblan. Syriza está más cerca del poder que nunca. Aunque tal vez la imagen del futuro que inquieta a la troika no es la de un pueblo en las calles. Es la imagen de un país volcado en la autogestión que está cocinando una atractiva narrativa que sobrepasa el neoliberalismo.