MADRES CONTRA EL PARO
martes, 14 de abril de 2026
Cuando tener hijos deja de ser una opción económica viable
Rafael Pampillón/eldebate.com
En cierta ocasión, un amigo me contó que, cuando le habló a su novia de planes de futuro, ella (economista) le dijo que tener hijos es inviable. Concepto económico, como se sabe.
Durante años, el debate público en España ha girado en torno a una pregunta aparentemente sencilla: ¿por qué nacen tan pocos niños? Las respuestas más repetidas han sido: falta de ayudas a la natalidad, precariedad laboral o dificultad para conciliar. Sin embargo, estas explicaciones, aunque no son incorrectas, resultan superficiales.
¿Por qué? Porque evitan cuestionar la realidad. ¿Y cuál es la realidad? La realidad es que España mantiene un modelo redistributivo que, de forma sistemática, traslada recursos desde las generaciones jóvenes (aquellas en edad de formar familias) hacia los mayores.
En nuestro país, el gasto público, en las últimas décadas, se ha destinado de forma muy significativa a pensiones y sanidad. Mientras que las políticas de familia, infancia o vivienda han quedado en un segundo plano, el 50 % del incremento del gasto público entre 1995 y 2025 se fue a pensiones.
Cuando un sistema redistributivo concentra recursos en quienes ya han completado su ciclo reproductivo, debilita la capacidad de quienes lo están iniciando. Y sin capacidad económica ni expectativas de futuro, la decisión de tener hijos deja de ser una opción viable para convertirse en un lujo.
Aquí es donde fallan muchas de las políticas actuales. Se ofrecen cheques por hijo, ampliaciones de permisos o ayudas puntuales, como si la decisión de tener un hijo fuera equiparable a una compra que puede estimularse con un descuento. Pero sigue sin avanzarse en lo importante: vivienda y estabilidad laboral.
Algo similar ocurre con la inmigración. Alivia temporalmente el envejecimiento de la población, pero no lo resuelve. Porque los propios inmigrantes, al integrarse en la sociedad española, adoptan sus mismos patrones reproductivos.
La cuestión de fondo es que el sistema penaliza económicamente a quienes se encuentran en la fase vital de construir un proyecto familiar. Los jóvenes ganan menos en términos relativos que las generaciones anteriores y se enfrentan a mayores costes en ámbitos como la vivienda.
El resultado es una paradoja. Se exige a las nuevas generaciones que sostengan el sistema (financiando pensiones y servicios), pero al mismo tiempo se les priva de las condiciones necesarias para hacerlo.
Este desequilibrio no es exclusivo de España, pero aquí alcanza una intensidad particularmente alta. Las generaciones mayores, más numerosas y con mayor participación electoral, tienen un peso decisivo. Las más jóvenes están precarizadas y tienen menor influencia.
No se trata simplemente de diseñar mejores políticas, sino de reordenar prioridades. Reducir el gasto en pensiones y aumentar la inversión en familias y vivienda son decisiones que afectan a unos jubilados con gran capacidad de movilización. Lo que supone un coste político.
Sin embargo, ignorar esta realidad tiene consecuencias. La más evidente, la caída de la natalidad. También se está produciendo una fractura generacional cada vez más profunda. Los jóvenes no solo tienen menos recursos; también perciben que el sistema no está pensado para ellos. Esto erosiona la confianza en las instituciones y debilita el pacto social implícito que ha sostenido el modelo de bienestar durante décadas. En un entorno donde, desgraciadamente, las expectativas para los jóvenes son inestables, la opción de no tener hijos se convierte en una realidad.
¿Qué hacer entonces?
Primero, hay que reconocer que el problema no se resolverá con medidas cosméticas, como las ayudas a la conciliación o los incentivos fiscales.Segundo, asumir que la política presupuestaria tiene consecuencias demográficas. Si una gran parte de los recursos se orienta hacia el consumo presente de las generaciones mayores, se está comprometiendo la capacidad de reproducción futura de la sociedad.
Tercero, quizá el más difícil, es introducir una perspectiva intergeneracional en el debate público. No se trata de enfrentar a jóvenes y mayores, sino de reconocer que el sistema debe equilibrar las necesidades de ambos.
España no necesita más eslóganes sobre natalidad ni debates simplificados sobre inmigración. Necesita una conversación honesta sobre cómo distribuye sus recursos y qué consecuencias tiene esa distribución. Porque, al final, el problema no es que los jóvenes no quieran tener hijos. Es que puedan tenerlos.
ENTREVISTA: JORGE TIZÓN PSICOPATOLOGÍA DEL PODER. UN ENSAYO SOBRE LA PERVERSIÓN Y LA CORRUPCIÓN
David Moreu
Le propongo empezar por el principio. ¿Cuál fue el detonante específico que le llevó a transformar su experiencia clínica en este ensayo sobre la perversión y la corrupción?
El detonante fue percibir una crisis social marcada por el miedo y la falta de respuestas ante actividades perversas, tanto de personas como de instituciones. A esto se sumó la petición de un grupo de psicoanalistas de la SEP, quienes planteaban una cuestión fundamental: ¿Se pueden seguir aplicando hoy los conceptos psicoanalíticos para explicarnos lo social? Esa necesidad de análisis fue lo que me llevó a transformar la experiencia clínica en este ensayo.
Usted propone la tesis de que la crisis económica es, esencialmente, una crisis política y social. ¿Cómo ha logrado la perversión, entendida como organización relacional, echar raíces tan profundas en nuestras instituciones sociales contemporáneas?
Lo que inicialmente se presentaba como una crisis económica, hoy se manifiesta de forma más amplia a través de tres ejes: la crisis ecosistémica, la geopolítica y la del propio sistema social. Ante toda crisis y una situación grave, siempre surgen la perversión y las reacciones esquizoparanoides como respuesta defensiva. En este contexto, las instituciones pueden adoptar un supuesto básico grupal de ataque-fuga, permitiendo que esa organización relacional perversa eche raíces muy profundas.
En el libro reflexiona sobre el contraste entre el sufrimiento social generalizado y la ausencia de una respuesta más contundente por parte de la población. ¿Qué mecanismos psicológicos desactivan la capacidad de indignación de la sociedad?
La desactivación de la indignación se apoya en la de-sublimación del miedo y la de-sublimación de la agresión intraespecífica (herramientas clave de la psicopolítica actual), apoyando la psicopolítica de la escisión e identificación proyectivas masivas. Este proceso conlleva la ruptura con la ética anterior y la difusión sistemática de la mentira y la manipulación social. Ejemplos como la política de los dosieres (visibles en el caso Epstein) o el uso perverso de la Inteligencia Artificial, potencian estos mecanismos psicológicos que logran neutralizar la respuesta de la población ante el sufrimiento generalizado.
También analiza la psicopolítica de las emociones. ¿De qué manera el neoliberalismo utiliza el miedo como herramienta para asegurar la pasividad o la obediencia del individuo?
Mientras la derecha utiliza las emociones como un gran negocio para consolidar un poder psicopolítico y tanatopolítico basado en el miedo y la ira, la izquierda se muestra torpe, anclada en un racionalismo que desatiende la emoción. Es como si la razón fuera lo bueno y la emoción lo malo. Para el psicoanálisis, la emoción es básica para explicar el psicodesarrollo y la psicopolítica actual. Hoy vemos dos nuevas arquitecturas de la personalidad (y de las instituciones sociales) cada vez más divergentes: una autoritaria y fascistizante, que proyecta e introduce las emociones desagradables en los demás, y otra que yo llamo reparatoria. Esta última se basa en la colaboración interhumana a través de la alegría, el deseo, el apego y los procesos de duelo vividos de forma común, creativa y elaborativa. Eso implica un replanteamiento conceptual, en el que estoy embarcado desde mis libros “El poder del miedo” y “Psicopatología del poder”. Por eso he tenido que desarrollar conceptos como el de la política de las emociones, la psicopolítica, la de-simbolización y de-sublimación del miedo, la organización relacional intrusiva o perversa, la cronificación medicalizada, la ideología pandiagnóstica, la venalidad (que no “banalidad”) del mal, la relación Eros-Ares-Poder-Porno, una reconceptualización de la Psico(pato)logía y de los cuadros clínicos psicopatológicos…
¿En qué momento la psicología y la psiquiatría dejaron de ser herramientas de sanación para convertirse en posibles medios de persuasión y manipulación al servicio del sistema?
Desde sus inicios se ha evidenciado que no existe una ciencia neutral, todas terminan siendo utilizadas por los poderes dominantes. De ahí la importancia de que dichos poderes sean verdaderamente democráticos, lo cual, desde nuestra perspectiva, significa que estén basados en las emociones del apego, la pena, el deseo, la alegría y la indagación solidaria. Solo a través de organizaciones de la relación correspondientes, como la organización reparatoria, es posible alcanzar una verdadera salud mental colectiva. A su desarrollo social es a lo que hoy prefiero llamar comunitarismo.
¿Cuál debe ser el nuevo contexto ético de los psicoanalistas para no terminar siendo un engranaje más de la manipulación neoliberal?
El psicoanálisis implica una actitud heurística y vital que obliga a preguntarse por lo que hay detrás, en esa “otra pantalla”. Una actitud que suele ir acompañada de una ética de la solidaridad. Sin embargo, todo es susceptible de pervertirse, incluida la propia ética psicoanalítica. Hoy observamos a profesionales en diversos países justificando con pseudoargumentos guerras contra Palestina e Irán. Esta deriva ayuda a que se legitime la muerte en masacres bélicas de más de un millón de personas en pocos años.
Usted dedica un espacio crítico al consumo sanitario. ¿Cómo se manifiesta la perversión del poder cuando la salud se transforma en una mercancía más dentro del engranaje del mercado?
La cronificación medicalizada, la medicalización y la psiquiatrización son fenómenos que ya están triunfando, pero nuestro concepto va un paso más allá a partir de que hemos podido vislumbrar la psiquiatrización e intoxicación psicofarmacológica de la sociedad. La sanidad está dejando de ser un resultado de la solidaridad, del apego y las pulsiones de vida para transformarse, sobre todo, en una fuente de negocio. Actualmente, se ha convertido en un terreno para negocios especulativos que, en ocasiones, resultan incluso antisanitarios.
¿Cuál es el papel real que juegan los medios de comunicación en la construcción de esta mentalidad grupal que acepta la corrupción como un elemento estructural?
Los medios de comunicación son piezas básicas en la psicopolítica gracias a su poder para difundir mentiras, patrañas y medias verdades, corrompiendo así la ética y las relaciones humanas. Esta responsabilidad no recae solo en las redes sociales, que suelen concentrar la mayor parte de las críticas, sino también en los medios tradicionales como la televisión, la radio y la prensa. En los países del “Atlántico Norte”, estas plataformas se encuentran enormemente oligopolizadas y permanecen sujetas a la voz de su amo. Actúan como elementos estructurales de esa mentalidad grupal colonial y belicista, que está propiciando y conformando las grandes carnicerías actuales con la participación por acción u omisión de las poblaciones de nuestros países.
Próximamente presentará el libro en la Sociedad Española de Psicoanálisis. ¿Qué acogida espera de sus colegas ante un texto que reflexiona sobre los claroscuros de su profesión en este contexto de crisis global?
Espero que esta sesión sirva para reflexionar y discutir sobre los avatares del poder en el siglo XXI, un tema ineludible hoy día. Debemos preguntarnos si nuestros conceptos siguen siendo válidos para explicar este mundo globalizado donde se actúa con disociaciones groseras y en plena posición esquizoparanoide, aceptando con lenidad la venalidad del poder. Algunos incluso utilizan esta corrupción para actividades intrusivas y lesivas contra la humanidad. Como psicoanalistas, debemos defender a la humanidad como un “objeto total”: una sola especie en un planeta y momento histórico concretos. Si nuestra disciplina no contribuye a esa perspectiva de salud planetaria, dejaría de tener valor social.
Rachel Carson (27 de mayo de 1907 - 14 de abril de 1964
En la primavera de 1962, una mujer tranquila, con el cáncer avanzando por su cuerpo, se sentó frente a una máquina de escribir y cambió la forma en que el mundo entendía la naturaleza.
Se llamaba Rachel Carson.
Sabía que su tiempo era limitado. Y también sabía algo más inquietante: si guardaba silencio, millones de seres vivos desaparecerían. No por una catástrofe natural, sino por un “avance” celebrado como un milagro.
Ese milagro tenía nombre: DDT.
Durante la Segunda Guerra Mundial, este químico había salvado innumerables vidas al reducir enfermedades transmitidas por insectos. Su creador recibió el Premio Nobel. Tras la guerra, el DDT se convirtió en símbolo de progreso. Se rociaba en campos, jardines y barrios enteros. Los niños jugaban entre la niebla química. Parecía la victoria definitiva del ser humano sobre la naturaleza.
Pero Carson, bióloga marina especializada en los delicados equilibrios de los ecosistemas, comenzó a notar algo alarmante: los pájaros estaban desapareciendo.
Durante cuatro años reunió pruebas con una paciencia implacable. Lo que descubrió era simple y devastador. El DDT no desaparecía. Se acumulaba en el suelo y el agua. Subía por la cadena alimentaria. Llegaba a los peces. Luego a las aves. Allí debilitaba las cáscaras de los huevos hasta que no podían sostener la vida.
Las primaveras estaban quedándose sin cantos.
Su libro se llamó Primavera silenciosa.
La reacción fue inmediata y feroz. La industria química la ridiculizó. Puso en duda su salud mental, su formación y sus intenciones. Se publicaron parodias y advertencias alarmistas. Se dijo que sus ideas traerían retroceso y escasez.
Carson enfrentó todo eso mientras recibía radioterapia. Su cuerpo se debilitaba, pero su voz no.
Cuando el presidente Kennedy ordenó una revisión científica independiente, los resultados confirmaron sus hallazgos. Años después, en 1972, Estados Unidos prohibió la mayoría de los usos domésticos del DDT. Carson ya no estaba viva para verlo.
Las consecuencias fueron claras. Las águilas calvas regresaron. Otras aves se recuperaron. El silencio no se convirtió en norma
La historia no terminó ahí.
Hoy, otro químico domina los campos agrícolas: el glifosato, componente principal de un herbicida ampliamente usado. Durante años fue presentado como seguro y revolucionario. Con el tiempo, surgieron debates científicos, demandas judiciales y posturas regulatorias contradictorias. Algunas instituciones lo consideran de bajo riesgo bajo ciertas condiciones. Otras han señalado posibles efectos preocupantes y han impuesto restricciones.
Investigaciones recientes también han observado impactos en polinizadores como las abejas, organismos esenciales para los ecosistemas y la producción de alimentos. La discusión continúa, compleja y abierta.
El paralelismo no es exacto. El glifosato no es DDT. La ciencia actual es más sofisticada y el contexto distinto. Pero el patrón resulta familiar: una sustancia ampliamente aceptada antes de comprender del todo sus efectos, grandes intereses defendiendo su uso y señales que invitan a mirar con más atención.
Rachel Carson entendió algo fundamental: no estamos separados de la naturaleza. Lo que liberamos en ella vuelve a nosotros. En el agua. En los alimentos. En el aire.
También entendió que una sola persona, armada con evidencia y convicción, puede alterar el rumbo de la historia.
Gracias a su valentía nació el movimiento ambiental moderno. Se fortalecieron las políticas de protección ambiental. Y se demostró que la ciencia podía abrirse paso incluso frente a una oposición poderosa.
Las primaveras aún cantan.
Ese canto es un legado.
Cuidarlo exige lo mismo que ella demostró: atención, pensamiento crítico y el coraje de no callar cuando algo no está del todo bien.
Sesenta años después, su fe en nosotros sigue siendo nuestra mayor responsabilidad y nuestra mayor esperanza.
domingo, 15 de febrero de 2026
El 14 de febrero cuando la muerte nos ha visitado
Cuando la iglesia quedó vacía, se acercó con cuidado.
—Hoy es el día del amor —dijo con suavidad—, pero a veces es también el día en que más pesa la soledad.
Ella asintió.
—Perdí a mi esposo hace un año. Todos hablan de amor, pero yo solo siento su ausencia.
El padre Gabriel guardó silencio unos segundos y luego sonrió con ternura.
—El amor no desaparece cuando alguien se va. Cambia de forma. A veces se vuelve recuerdo, otras gratitud, otras fuerza para seguir. Pero nunca se pierde.
La mujer respiró hondo.
—¿Y cómo se aprende a vivir así?
—Amando de nuevo —respondió él—. No necesariamente a otra persona. Amando la vida, los pequeños gestos, las personas que aún están. El amor se multiplica cuando se comparte.
“Donde hubo amor verdadero, siempre quedará luz.”
Y el padre Gabriel volvió a su banco del fondo, convencido de que su misión no era solo hablar de Dios, sino recordar a las personas que el amor sigue vivo incluso en los días más grises.




